Martes, 12 Enero 2016 22:09

Principios que deben regir la intervención psicosocial en las demencias

Escrito por Formación Alzheimer
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La Enfermedad de Alzheimer es heterogénea y no hay dos enfermos iguales, especialmente en las primeras fases de la enfermedad. Por lo tanto, los procesos de evaluación de las capacidades del paciente, y las consecuentes intervenciones que se planifiquen de acuerdo a la evaluaciones de estos pacientes, deberán serlo también. La falta de protocolo único que dirija la intervención en la Enfermedad de Alzheimer obligará a tener presente siempre una serie de principios generales que sirvan de soporte para la toma de decisiones en cada momento del desarrollo de una intervención:

 

Objetivos de la intervención

  • La intervención en la Enfermedad de Alzheimer debe ser terapéutica: la intervención con personas con demencia no es modo de entretener al paciente, ni debe ser un modo de calmarlo para evitar problemas de conducta. Cuando se planifique una intervención con pacientes con demencia se debe partir de un objetivo claro de intervención sobre aspectos de funcionamiento psicológico cognitivo y conductual del enfermo. Aspectos que, tras la evaluación, deben estar presentes en los objetivos de la intervención

 

  • La intervención deberá adaptarse a las características del paciente: Esta flexibilidad y heterogeneidad exige, por lo tanto, que el responsable de la intervención esté capacitado-además- para realizar la evaluación neurocognitiva adecuada que determine las capacidades cognitivas y conductuales más dañadas en los pacientes con demencia. Y aquellas capacidades sobre las que no se va a poder o no se desea ya intervenir. Esto es importante en los momentos de mayor deterioro del paciente. No se debe intervenir sobre aquello que consideramos que ya no va a ser terapéutico por el deterioro del paciente.

 

  • Utilizar y elegir aquellas pruebas idóneas para medir las capacidades sobre las que vamos a intervenir: para ello hay que tener en cuenta otras variables, como pueden ser los déficits en capacidades sensoriales (pérdida auditiva o visual9, la capacidad de autorregulación para mantener la actividad de forma eficiente, estados motivacionales (que la intervención sea agradable  para el enfermo, que se ajuste a su nivel cognitivo tanto no sobrepasándolo como no ser inferior a sus capacidades) o emocionales (depresión, ansiedad o estrés)

 

  • Identificar las fortalezas y capacidades funcionales preservadas del paciente en sus actividades de la vida diaria y sus debilidades o capacidades alteradas: Aprovechar las primeras para acelerar las mejoras, buscar caminos alternativos para paliar las segundas.

 

  • Evaluar el estilo de afrontamiento del paciente a la terapia así como sus respuestas emocionales a las tareas que se le imponen o respuesta al fracaso: Buscar aquellas intervenciones deseada para él mismo, así como evitar aquellas que le provoquen ansiedad o disgusto.

 

  • Conocer las capacidades de aprendizaje del paciente y adaptarse a sus modos de aprendizaje:En este caso es importante conocer la historia de vida del paciente, lo que permitirá comprender los intereses y actitudes que desea preservar, así como las capacidades específicas especialmente desarrolladas debido a su profesión, aficiones y entretenimientos. Estas habilidades ayudarán a desarrollar nuevas habilidades relacionadas.

 

  • Fomentar el trabajo conjunto del terapeuta, de la familia y, principalmente, de la persona afectada: Todos los elementos relacionados con el paciente deben coincidir en los objetivos y aplicación práctica del procedimiento de la intervención. Si el objetivo no es compartido por todos, la utilidad de la terapia sería nula. En este sentido, es necesario evaluar las demandas del paciente y su familia, al mismo tiempo que los apoyos de los que dispondrá en el futuro para seguir con los procedimientos desarrollados. La intervención debe ser claramente aceptada y deseada por la familia y el paciente. Las capacidades y procesos sobre losque se va a intervenir deben ser relevantes para la familia y el paciente. Debe cumplir con las expectativas de la familia y la persona, abordando aqellos aspectos funcionales más deteriorados o con mayor relevancia en el mantenimiento de la calidad de vida del enfermo. Y los procedimientos se deben plantear de forma específica para que puedan observarse os logros alcanzados. Una terapia debe tener resultados de logro objetivos que sean reconocibles tanto por el enfermo como por la familia. No vale utilizar con la familia la etiqueta de "plasticidad", que no le dice nada al paciente o su familiar. Deben poder ser medibles para la familia del paciente los logros obtenidos.

 

  • Ser una terapia específica permite evaluar los cambios en las funciones sociales relacionadas con la intervención: Para ello las intervenciones deben disponer de sistemas claros de evaluación de su eficacia en funciones sociales. Un ejemplo de ello es poder evaluar la mejora en evitar los fallos a la hora de tomar la medicación, la reducción del número de crisis de agitación o ansiedad, recordar diferentes nombres de pacientes que antes olvidaba, la disminución de las conductas de deambulación, etc.

 

  • Ser una intervención motivadora y positiva: La intervención debe tener en cuenta el aspecto emocional y afectivo del paciente y los cuidadores: La enfermedad produce importantes síntomas de depresión y ansiedad provocando sentimientos de miedo, frustración y perdida de control de las habilidades cognitivas y sociales. Y esto no ocurre solo en el paciente, sino tambien en aquellas personas cercanas que le cuidan o que conviven con ellos. Por lo que es necesario incorporar este aspecto para que el trabajo sea significativo y placentero para el paciente. Esto no debe ser un aspecto colateral de la intervención, sino que debe estar en el objetivo central de la misma para evitar que, como siempre, caiga en el olvido.

 

  • La intervención debe tener en cuenta la forma clara las alteraciones: Las alteraciones psicológicas más graves (ansiedad, depresión, delirio) y alteraciones del comportamiento incapacitantes (agresividad, deambulación, apatía) porque va a determinar la capacidad de seguimiento de la intervención o las alteraciones que pueden aparecer en las sesiones de la misma. Hay que proponer protocolos de intervención que impidan crisis que dañen el desarrollo de las intervenciones o la invalidación de las mismas.

 

 

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